Fue el principio del fin. Cuando el índice Nasdaq cerró la sesión del 10 de marzo de 2000 en 5.048,62 puntos, nadie podía imaginar que se acababa de pinchar la burbuja tecnológica. Era el punto y aparte a tres años de locura, marcados por las constantes salidas a bolsa de empresas cuya única garantía era apellidarse punto.com.
Una década después, el dato más evidente de la especulación que llegó a generarse en torno a las compañías de Internet está en las propias cifras del Nasdaq, que sigue un 53% por debajo de aquel máximo histórico, tras haber cerrado la sesión de ayer en 2.338 puntos.
El hecho de que continue esta marcada brecha una década después subraya hasta qué punto llegó a hincharse la burbuja tecnológica, que valoró con multimillonarias cifras empresas que entonces apenas eran un sueño y, ahora que son reales, ni siquiera valen la mitad de lo que se dijo entonces.
Un claro ejemplo es Yahoo! El buscador ha sido uno de los supervivientes más dignos del descalabro de Internet en bolsa y, sin embargo, está muy lejos de cumplir las inalcanzables expectativas que se crearon en torno a él, tanto en bolsa como en el mundo de los negocios.
Historias de éxitos y fracasos
Apenas dos meses antes del máximo del Nasdaq, Yahoo! rompió todas las marcas al alcanzar una cotización de 118,75 dólares por acción, siete veces más de los 16,5 dólares en que cotiza actualmente la empresa. Dicho de otra forma: hace diez años el buscador llegó a valer, según el mercado, más de 166.000 millones de dólares, ahora apenas le reconocen 23.100 millones.
Además, Yahoo! ha perdido el liderazgo del mercado frente a Google, tanto en el negocio de buscadores como en bolsa, donde el valor de la empresa de Larry Page y Sergey Brin es seis veces superior: ronda los 135.000 millones de dólares.
Quién iba a decirlo cuando, en junio de 2000, Google se regocijaba de haber conseguido firmar un contrato con Yahoo!, por el cual, el entonces pez chico iba a poder proveer al grande con su revolucionaria herramienta de búsqueda.
No fue la única historia que ha terminado escribiéndose al contrario de como se esperaba. America Online (AOL) y Time Warner son otro claro ejemplo de los erróneos cálculos de aquella época. En enero de 2000, otra vez apenas dos meses antes del máximo del Nasdaq, el por entonces gigante de Internet y el grupo multimedia acordaron su fusión y dieron lugar a un gigante que prometía valer la escalofricante cifra de 300.000 millones de dólares.
Acababa de nacer AOL-Time Warner, con el primero como el pez grande, ya que su capitalización de 160.000 millones de dólares le confirió el control del 55% de la nueva sociedad, frente al 45% del grupo multimedia, entonces valorado en 135.000 millones.
Apenas tres años después, Time Warner decidió borrar de la tarjeta de visita el nombre de su socio, seriamente vapuleado por el pinchazo de la burbuja y los escándalos de ingeniería contable que siguieron al descalabro de Internet en bolsa.
De hecho, el valor de AOL quedó rápidamente reducido a una octava parte y sus cenizas fueron
aprovechadas por Google en 2005, cuando adquirió el 5% de AOL por 1.000
millones de dólares, lo que suponía valorar toda al empresa en 20.000
millones. Cuatro años más tarde, en julio del año pasado, Time Warner
recompró esta participación por apenas 283 millones. ¿Qué significa este
precio? Que, actualmente, el otrora gigante de Internet apenas vale
5.660 millones de dólares.
Igual de efímero fue el brillo de Terra y Wanadoo. Los dos símbolos europeos de la burbuja.com cayeron tan rápido como habían subido y, tras unos pocos años de andadura en solitario y multimillonarias compras (como Lycos, por parte de la empresa española, por 2.200 millones de dólares), fueron engullidas por Telefónica y Orange, respectivamente. La Nueva Economía de los negocios puros de Internet volvía a casa.
Otros, como Ebay o Amazon, en cambio, ha conseguido sobrevivir y demostrar que, a pesar de los excesos de aquella época, la red es una realidad cada vez más importante, pero que, a pesar de toda la innovación que representa, necesita gestionarse con la misma seriedad que cualquier empresa de la Vieja Economía.
Burbuja e ingeniería contable
Detrás de estos descalabros, además de un exceso de optimismo sobre la revolución real que suponía Internet para el mundo de los negocios, se escondió un cambio de criterio en la forma de valorar las empresas que rompió todos los principios de prudencia y colaboró a crear un burbuja cada vez mayor en bolsa.
El beneficio, la ganancia neta, dejó de importar para dar entrada al ebitda, un beneficio descafeinado que no tiene en cuenta ni los impuestos, ni las tasas, ni las depreciaciones, ni las amortizaciones. Vamos, nada que pudiera hacer salir feo en la foto a un nuevo modelo de negocio basado, por aquel entonces, en expectativas más que una base real.
De ahí, que tras el pìnchazo de la burbuja estallaran los denominados escándalos empresariales, muchos de ellos relacionados con este nueva economía cuya cara más amarga fue el mercado de valores. Con el entierro del beneficio neto como referente de la salud de una compañía, y ante la poca importancia que se concedía al cumplimiento de las expectativas de resultados, las retribuciones comenzaron a ligarse al valor en bolsa de las empresas: cuanto más subiera la acción en bolsa, mayor sería el bonus de los ejecutivos.
Fue el punto álgido de las opciones sobre acciones que llevaron a muchos ejecutivos a mantener falsas previsiones de resultados, cuando la burbuja ya había empezado a pincharse, para garantizarse el cobro de un jugoso bonus.
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